La vida en el eremitorio de Takamori

 

 

 

Una semana en el ermitorio de Takamori       

 

   Era mi primera experiencia en el mundo rural y sentía curiosidad e inseguridad a la vez. Iba en el tren como si fuera de asueto mordisqueando mi comida y viendo como iba cambiando el paisaje. Era como si el paisaje con sus montañas y naturaleza me fuera absorbiendo.

   Después de bajarnos del tren y ir subiendo suavemente por media hora, llegamos a un eremitorio en medio de un bosque tupido e iluminado por los fuertes rayos de un sol veraniego. Nos recibió la hermana con una sonrisa y un baso de agua fría acompañada de alubias dulces cultivadas en los campos del eremitorio. Lo deliciosas alubias, el placer del agua natural, la sonrisa franca, la belleza de la naturaleza... Creo que fue en ese momento cuando empezamos a experimentar lo que es la vida de Takamori. Sentir una y otra vez el viento entre los árboles, estar agradecido a los árboles, un aire que se mueve sin necesidad de ventilador...

Para cenar tuvimos verduras que se habían cogido ese día de la huerta y de nuevo uno se sentía impresionado de lo bueno que sabían, del sabor natural de las verduras. Después de cenar escuchamos la cinta de una de las charlas dadas por el P. Oshida. Era una voz que arrastraba a veces llena de fuerza, otras veces haciéndonos reír con un chiste. Era como si en esa voz resonara la naturaleza, el eco profundo del propio corazón, el eco de una forma de vivir humana pura.

Al día siguiente comenzó otra nueva experiencia. Levantarse a las cinco y media, la oración, después del desayuno el trabajo. Con los guantes, la toalla, el sombrero de paja, las botas y los manguitos nos dirigimos al trabajo. Nos  esperaba un arrozal repleto de agua con las espigas llegándonos por las caderas. Trabajar encorvados arrancando hierbas y quitando insectos... cómo duelen los riñones... qué deprisa trabaja la hermana y los que aviven aquí...Los riñones estaban esperando el sonido de la campana que suena a las 10 de la mañana y a las 3 de la tarde. El sonido mantenido de aquella campana y el té enfriado en el riachuelo... A pesar de estar sudorosos y cansados brillaban las sonrisas, más que el peso del cansancio, sentíamos el placer del agua fría y la sensación del viento. Cuando se corta la hierba y te tumbas sobre la parcela limpia puedes sentir que la madre tierra te trasmite fuerza y cariño.

      También fuimos al manantial que sale de la montaña y que llaman Koizumi del que mana un agua fría y muy buena. Lo que allí se siente no es algo que se pueda poner en palabras ni comprender con la mente. Ese don generoso de la naturaleza y esa maravilla se siente con el cuerpo y con el corazón.   

      A veces toca cocinar. Se prepara lo que se coge en la huerta y es entonces cuando se conoce el placer de cosechar y se aprecia el sabor original de las cosas. Ese día había que coger moras de un moral que estaba repleto de fruto. Había que cogerlas de una en una con mucho cuidado ¡Qué dulces estaban!. La comida no se fabrica, no se hace. La comida es fruto de la tierra, se cultiva.  

De los días que pasé allí tampoco puedo olvidar las puestas de sol anaranjadas al salir de la oración y lo cerca que se sentían la luna y las estrella por aquel camino tan oscuro cuando me iba a dormir.

              Estuve una semana en Takamori y cada día fue inolvidable. Es verdad que el tiempo pasó rápido pero fueron muchas cosas las que aprendí. No es suficiente una semana para aprender. Cuando más se esté allí, cuanto más se viva allí más profundo parece el tesoro encerrado en el eremitorio.

Fue una experiencia maravillosa. Muchas gracias. También doy las gracias a todas las personas con que me encontré y me ayudaron, incluyendo a Roku (el perro) y a Bunta (el gato).Esa semana en el eremitorio de Takamori fue una bendición para mi..

 (Y)      


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Padre Oshida

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