5. Clérigo Regular en Osma


        Como itinerante que es, busca a los hombre. Y entre ellos a acompañantes.

        Es al final de sus años de estudiante cuando sabemos que había encontrado tres inseparables compañeros de camino. Dos de ellos pertenecientes al pasado aunque presentes por su palabra. Uno era Casiano, que le acompaño con sus Colaciones. Con las Colaciones contaba Casiano a Domingo sus encuentros con lejanos ermitaños palestinos y egipcios donde descubría su pasión por la interminable aventura de la oración, donde le ponía en guardia frente a falsos ancianos que se constituían como guías espirituales, donde había escuchado muchas interesantes historias de demonios. Una de ellas era la de un demonio al que presentaron un virtuoso ermitaño dedicado a la oración. El demonio sonrió diciendo: haré que organice y sistematice su oración, se convertirá en maestro espiritual habiendo perdido sin saberlo la gracia de la oración. 
        Domingo extendió la itinerancia a su oración personal.
  

    Otro era S. Agustín, que le acompaño con su regla. Aunque éste no era uno de los tres libros que llevaba en su hatillo como lo era el de Casiano, no por ello dejó de ser entrañable compañero que le hablaba de una comunidad de vida con un solo corazón, una sola alma, una sola mente si cada uno expresa sinceramente el propio corazón, alma y mente y escucha con respeto lo que el otro tiene en su corazón, alma y mente. Le hablaba también de compartir lo que se posee y de renunciar a la propiedad privada. Domingo de tanto oírlo entendería algún día que era renuncia a la propiedad privada personal pero también a la propiedad privada de la comunidad.

        Domingo extendió la itinerancia a sus conceptos sobre la vida religiosa.

        El tercer compañero era un vivo. Era una persona viva y muy cercana cuya presencia por Palencia era frecuente. Por eso no fue extraño que Domingo entrase en contacto con este sacerdote de la diócesis de Osma llamado Diego. Con él compartiría el interés por la Palabra, el gusto por la oración, el anhelo por la vida de la que hablaba S. Agustín, el sacerdocio, y un día los dos descubrirían su común interés por la evangelización. 
        Domingo dio su primer paso como itinerante dejando Palencia y comenzando a caminar con Diego en Osma.

            Me gusta contemplar la ventanas y cuando paseo por Bolonia me recrea irlas mirando. Hay algunas que con adornos de columnas y capiteles expresan fortaleza, otras que con angelitos y guirnaldas expresan devoción, otras que con balaustradas expresan grandeza, otras clarividencia, alegría, riqueza, simetría...¿Me pregunto si sus dueños por dentro han hecho lo mismo para recordarse a sí mismos lo que intentan expresan hacia el exterior? Me atraen las ventanas con recuadro  de piedra lisa. La misma piedra sin adornos se ve desde fuera que desde dentro. La ventana de esta habitación es así. Solo expresa la existencia, el ser. ¿Es insuficiente? ¿Necesitaría expresar hacia fuera y recordarme a mí mismo alguna característica de esa existencia, de ese ser? ¿Necesitamos adelantar esas expresiones para comunicarnos con los demás? ¿Necesitamos recordárnoslo a nosotros mismos para recobrar seguridad? 

        Era 1194 cuando Domingo, con 23 ó 24 años, ingresa en los clérigos regulares de la diócesis de Osma, para ser ordenado sacerdote después de un año de noviciado. Gastaría en esta vida otros 10 años de su vida, y los gastaría con gusto como los venía gastando hasta ahora. Siendo su buen gusto reconocido al ser nombrado sacristán, moderador del culto en la catedral, a sus 29 años y ser elegido subprior a sus 31. Su vida trascurrió como la de cualquier otro canónigo. Repartida entre vida comunitaria, apostolado sacramental y tiempo de estudio y oración individual. Pero de nuevo, no debemos preguntarnos tanto por lo que hizo como por lo que significó. Que para entender la vida de una persona no hay que ir con un para qué sino con un por qué.

         Corren vientos de renovación también en las ciudades tradicionales.

        En las villas comienzan su creación de la nada y en las ciudades tradicionales, ya no se buscan los modelos, sino el testimonio. Muchos eran los buenos ejemplos que se habían venido mostrando, muchas las profundas enseñanzas que habían venido oyendo, muchas las buenas actividades que se habían venido haciendo, pero ¿verdaderamente viven los dueños en su interior aquello que con tanto ardor intentan mostrar en el exterior de sus ventanas? Difícil de saberlo, por no concluirlo como dudoso, si se ha de examinar tan meticulosa y medida construcción de adornos. 

        Se pedía ver lo que se es, no lo que tan ortodoxamente se intenta mostrar.
        Y así nacieron en las ciudades unos sacerdotes diocesanos que sacrificando algo de la expresividad de su ejemplaridad, de sus enseñanzas y de su actividad, optaban por conseguir y mantener el ardor en su interioridad. La guía hacia ese ardor sería S. Agustín que en su regla recordaba la primitiva comunidad viviendo en común, sin apropiaciones, escuchando la enseñanza de los apóstoles y orando. Y todo esto, hecho de todo corazón. Si la primitiva comunidad llegó así a ganarse la simpatía del pueblo, no sería muy difícil para estos pastores el llegar a ganarse también la no muy corriente simpatía de sus fieles. Vestían una túnica blanca con esclavina negra  y se hacían llamar clérigos regulares. 
        Domingo ya no se quitaría este hábito. Ni el hábito de vestir, ni el hábito de ganarse, de este modo, la simpatía de los que anhelaban ser fieles a sí mismos.

        Domingo había pisado dos tierras y en cada una había construido un hogar. El estudio y la comunidad de sacerdotes eran sus hogares permanentes. ¿Quién dudaría de que este hombre ya había cumplido con las exigencias de su camino? Había hecho la profesión perpetua en este cabildo y además había sido ordenado sacerdote. Y en estos tiempos se ordena a alguien sacerdote no sólo para que sea sacerdote, sino para que sea sacerdote de un altar, al que queda ligado hasta su muerte.

        Qué cómodo sería todo si la voluntad de Dios se pudiera precisar con tanta ligereza... Aunque canónicamente no quedaba en este caso espacio para ninguna ligereza.

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  1. Sus úlimos días

  2. Muerte

  3. Nacimiento y niñez

  4. Juventud

  5. Clérigo Regular en Osma

  6. Predicador

  7. Abandonado

  8. Una familia