Palabras del P. Oshida
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El Padre Shigeto Oshida falleció en el eremitorio de Takamori el 6 de noviembre del año 2003
La Buena Noticia en Shinosakai
Texto escrito en marzo de 1965
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Ya ha pasado el equinoccio de primavera. Aunque por la mañana al
despertar se puede contemplar que la nieve de la noche hace brillar todo
alrededor, al llegar el atardecer ha desaparecido casi completamente. Cada vez
son más las noches en las que se puede caminar a la luz de la luna sin ir
encogido por el frió. Los Alpes del norte, los del sur y el Fuji aun están
blancos por la nieve y no se ve nada verde pero se comienza a ver que en
distintos sitios de la montaña aparece el rojo de los nuevos brotes de
los alerces.
Labrando el campo hace unos días se oyó
inesperadamente el canto de la alondra pero mirando hacia el cárcavo no
pude verla y me quede con la duda. Hoy al volver de la ciudad la he podido ver
mientras cantaba. Muchos pájaros comienzan a venir y saltar mientras
canturrean por el tejado de caña de la capilla. Al poco tiempo un señor
del pueblo me mostró una alcachofa silvestre que acababa de coger.
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En mayo del año
pasado, cuando yo estaba
aposentado en el pequeño templo budista, la gente dudaba de mi. Pronto me
comenzaron a llamar el cura de la capilla, pero se extrañaban de que un
bonzo cristiano no construyera una iglesia ni comenzase un preescolar. Poco a
poco se comenzaron a despejar las dudas y empezaron a considerarme como alguien
que había venido guiado de buena voluntad. Que no buscaba su interés
ni abrazaba un objetivo escondido y que bien se le podía perdonar el pago
de la renta.
Comenzaron a pedirme que les hablase. Al principio fue la asociación
de esposas pero como su grupo no disponía de fondos me lo pidió
la asociación de servicio social. Yo no sabía de ese
trasfondo y les hable de “la suegra y la nuera”. Al final decidimos
que no se me pagase nada y así cesó su preocupación. |
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Fue así como nadie se preocupó
pensando que nuestra tierra iba a ser utilizada para construir chaletes. Quizá
nadie sabía que cada mañana en la nueva capilla de techo de cañas
se celebraba misa pero todos intuían que esta tierra era utilizada para
darles esperanzas de una vida mejor.
Esta tierra no es propiedad de nadie. Es propiedad
de Dios. Es una tierra que pertenece a todos los hombres. A los tuberculosos, a
los minusválidos, a los que hacen de su vida una ofrenda total. Es una
tierra que se sostiene con las ofrendas de los pobres y es por los pobres
trabajada. Cada cosa ha sido un paso de un camino sorprendente.
Algunos granos de trigo cayeron en tierra…
Este es un lugar donde los débiles y los
pobres producen los alimentos que necesitan, en un estilo de vida religiosa. Es
un lugar donde los débiles son sanados de esa gran enfermedad que es la
dependencia. Es un lugar donde los pobres reciben la recompensa de los pobres de
espíritu. Es un lugar que debería convertirse en un oasis donde se
puede dar un respiro al bastón que utilizamos para recorrer la vida. Un
lugar donde cualquiera, sin que importe su ideología o su religión,
pueda contemplar.
El verano pasado nos visitó un grupo de
mujeres que trabajaban en los telares de Chichibu, en
la otra vertiente de la montaña. Yo pensé que estaban de
asueto y para matar el tiempo, pasaron por aquí y por eso no trate de
hablarlas. Después supe que habían venido en peregrinación
y me arrepentí profundamente de mi actitud ante estas personas pobres que
no eran cristianas.
Oro de todo corazón para que no me olvide de
tomar de nuevo el bastón sin pararme en ideas preconcebidas.
Ahora sé que mi enfermedad de pulmón
no tiene cura y aquí quiero confesar que durante toda mi vida llevaré
en el pecho la deuda impagable que tengo con los pacientes de tuberculosis.
Hace 17 años me puse muy enfermo. Era una
época en la que muy difícilmente se podían conseguir
medicinas. Yo pude sobrevivir debido a que por mi especial posición
conseguí medicinas a las que un paciente normal no tenía acceso.
Nunca podré olvidar al joven que tenía a mi lado en el hospital y
que se fue muriendo porque no podía tomar estreptomicina. Cuando en Japón
se comenzó a operar para extirpar el pulmón el consejo de doctores
decidió operarme pero yo lo rechacé porque sabía que no
podría seguir siendo sacerdote. El joven pescador que tenía al lado se operó y murió en la mesa de operaciones.
Nunca podré olvidar lo que él me habló de sí mismo
unos días antes.
Hace dos veranos, creyendo que con eso se acabarían
las intervenciones médicas, me operé de los bronquios. Vine a la
meseta de Fujimi y me encontré con pacientes que llevaban mucho tiempo
luchando contra su enfermedad y como en un sueño me comenzaron a hablar
de “una vida comunitaria”. Yo no supe qué contestar.
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No es la primera vez que veía intentos como
este y que después de unos años de esfuerzos y sufrimientos
acababa en fracaso. Sabía que tratar de reunir varias personas con
dependencias llevaría al fracaso. No por eso se puede culpar a unas
personas que están viviendo con la inseguridad de no saber cuándo
aparecerá un nuevo ataque de enfermedad.
Sé que los enfermos de tuberculosis y los
minusválidos están sedientos de cariño y por eso persiguen
una utopía. La utopía de un mundo lleno de amor fraternos y compañerismo.
Pero ese sueño de principio conlleva un peligro. El peligro de ignorar
que en realidad el hombre es imperfecto. De lo contrario las instituciones
sociales nos harían felices necesariamente. Pero aunque sean
verdaderamente necesarias solo son una respuesta temporal. El esperar solo a que
nos den y el buscar solo estar siempre arropado por compañeros no es más
que una forma de irse deformando. |
Mi respuesta a lo que deseaban algunos fue muy dura.
Lo primero es comenzar dando todo de sí mismo y vivir una vida religiosa
trabajando para comer de lo que se cosecha. Lo normal es que las personas vivan
la vida familiar. Esto es el orden normal. Los que viven en familia han de echar
raíces en la sociedad. Esto es más real que tratar de formar
comunidades. El problema de los enfermos hospitalizados y de los minusválidos
es en principio solo un problema común humano.
Las ofrendas de los pacientes hospitalizados y de
los minusválidos los recibo en nombre de las personas sanas y las
ofrendas de los sanos las recibo en nombre de los enfermos. De ninguna forma se
pueden aceptar ofrendas que conlleven ataduras. Estos campos pertenecen a Dios y
a todos los hombres. Los que sufren, los enfermos, lo que sale de las manos de
los pobres y de aquellos que han pasado por una dura prueba no pueden ensuciar.
El anterior alcalde estaba impresionado ante el
significado de lo que hacíamos y durante el tiempo en que yo estuve en la
ciudad no trató de vender las tierras a los ricos que quisieran ofrecer
un buen precio. El fue quien convenció a los pequeños propietarios
para que nos las dieran a nosotros.
El
presidente de los templos sintoístas de la zona de Shuwa se alegró
de todo corazón cuando vio que con la cruz que levantábamos
santificábamos esta tierra en la frontera de su jurisdicción.
Contemplo ahora esta sitio tan natural en el que
vivimos. Esto es mi pobre oración. Yo aquí no puedo nada. Mi
único consuelo es contemplar como este fuego se va pasando de un corazón
a otro.
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Padre Oshida |
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