3. Nacimiento y niñez
Domingo, que fue el nombre que él recibió el día de su bautizo, había nacido unos 50 años atrás. Quizá dos años antes que su alma gemela Francisco de Asís. De éste raramente se conoce el nombre que recibió en su bautizo. Mejor así. Todos lo conocemos como
Francesco (el Francesito). ¿Qué importa el nombre que se le dé en los diferentes lugares y tiempos, cuando él es siempre el mismo?
Nació Domingo de una mujer, y mujer soñadora, como comienzan todas las historias de vida. Algunas ven ángeles, otras sueños. ¿Que importa que se llamase Juana en esta ocasión? Fue en esta ocasión el valle del Duero, más para soñarlo que para vivirlo, el que había enseñado a soñar a esta mujer cuando desde la colina de Haza lo contemplaba ya desde niña. Soñaba un sueño que eran tres sueños y se mezclaban. El instinto de fidelidad y compañía de un perro hacia el hombre, una luz a veces en forma de estrella, a veces en forma de antorcha y un hijo. Todos los sueños se realizan y tampoco en esta ocasión la realización sería donde el anuncio. Sería en las llanuras de otra ribera a un día de carroza subiendo la cuenca del Duero. Su familia era digna de que su hija viajase en carroza, como lo era también la familia de su futuro esposo Felix Guzmán, señor de Caleruega.
Fue con su tercer hijo cuando sus antiguos sueños reaparecieron.
![]()
No se nos está permitido conocer la
infancia de Domingo porque todas las infancias deben quedar custodiadas por la
intimidad del hogar. Pero sí se nos está permitido conocer lo que emanó ese
hogar y es que heredó la capacidad de soñar de su madre y la audacia de
libertad de su padre. Cuando fuera mayor y comenzase a recorrer los caminos del
Languedoc, en su sueño, que eran tres sueños y se mezclaban, aparecería una
iglesia envejecida, quebrada, desplomada y retorcida. Aparecería un joven que
ofrecía sus hombros para sostenerla. Aparecería su padre que conduciendo al
joven al jardín de la iglesia le enseñaba a hacer de barro las letras de la
palabra honestidad y de la palabra sinceridad para poder montarlas en forma de
iglesia. Cuando las letras se secaban y agrietaban, las convertían de nuevo en
barro para comenzar de nuevo.
Y soñaría con tres hombres, un
bordón para caminar, una palabra para iluminar y unas manos para crear. Y
soñaría con un hombre, que eran tres hombres, que se mezclaban.
Pero no son éstos aun, sueños para perturbar el sueño
de un niño.
Para soñar no es necesaria la educación pero para que un hombre llegue a alcanzar una libertad audaz, sí. Para ello se pensó en recurrir a un tío suyo por parte de madre que era arcipreste en un pueblo a no muchas horas de camino. Con él comenzaría a oír de dos de los hombres, del bordón, de la palabra y de las manos.
|
Con él aprendería a hacer letras y a mancharse las manos de barro porque en el nuevo pueblo, más grande que el suyo, no sería el hijo del señor y no le valdrían títulos de presentación, porque en una villa no se admiten tales tratamientos. Con él aprendería que es cuando existe la audacia de un bordón tocando el barro del vivir diario, de una palabra que se deja salpicar del barro con el que está amasada cada persona y sobretodo la audacia de unas manos que se purifican en el barro, es entonces cuando uno comienza a sentirse libre y creador. Y así fue como a la edad de 6 años sería enviado a estrenar su nueva vida no sin que nosotros podamos enmudecer una calificación psicológica que determina tal episodio de cruel por alejar a tan tierna criatura del cariño materno. Pero a estos parajes castellanos aún no habían llegado los ecos del psicoanálisis, ávido de encontrar traumas. Gracias al cielo no hay terapia como el sentido común. |
|
Recibiendo el bordón de caminante de S. Pedro y la Palabra de S. Pablo. |
No es nuestra intención hacer mofa de tan respetada ciencia. Por eso nos adelantamos en el relato para constatar la validez de tan atrevida afirmación que pone al cielo como testigo. No podríamos encontrar testigos a favor entre sus compatriotas castellanos tan poco dados a los análisis, tan poco dados a las ciencias, tan poco dados a la palabra que no encuentran escritas en sus páramos y valles. Y menos dados aun, a utilizar adjetivos que quieran desmenuzar su mundo emocional. No acudimos tampoco en busca de testigos italianos pues con su efusividad, exuberancia y ponderación no harían más que agobiar una mente que sólo espera un simple acercamiento reflexivo como se nos pide en este caso.
Acudimos pues al testimonio francés.
Consta que desde Toulouse a Montpellier, y son muchos kilómetros de gente, era considerado como una persona que sabe dar cariño y que se deja querer, que sabe reír con los otros y no se avergüenza de llorar ante los demás, que no teme intimar ni huye cuando se ha de fraternizar, que en el momento apropiado vertería una lágrima por sí mismo o por el dolor ajeno. Que tenía sus inclinaciones afectivas y no se avergonzaba de confesarlas ante amigos prudentes. Alguno de ellos, que no fue tan prudente con era de esperar, lo publicó y ahora todos sabemos que encontraba más satisfacción en el trato con las mujeres jóvenes que con las mayores. Pero no está aquí la originalidad de su equilibrio afectivo, ni está en el confesarlo. Su originalidad
está en comenzar con ese comentario y terminar con él.
Más delicado puede ser el testimonio sajón.
¿Que hombre puede ser considerado como persona equilibrada sino ha intimado con una mujer?. Y que nadie espere que aparezca ahora la escena erótica de esta historia. En este caso también ella tenía mala reputación. No por sus prácticas sexuales sino por su indocilidad y obstinación. También ella en este caso tenía que sufrir la reprobación. Ahora eran los reproches familiares, no más misericordes ni llevaderos que los públicos. Tenía que romper y rompió por Domingo y sobre todo por lo que significaba Domingo. Domingo nunca escondió el nombre de Diana ni el lugar que ocupaba en su corazón. Y en este punto, el sentido común al que acudíamos, nos aconseja volver al tiempo de nuestra narración, no sin antes llegar a la conclusión de que ni el episodio a sus 6 años ni otros que vendrán, podrán hacer que a este hombre se le aminore el corazón.
Lo que fue de niño lo descubriremos mirando al joven y al adulto.
Sto. Domingo / Atrás / Siguiente
Nacimiento y niñez