2. Muerte
Hasta una mañana que oímos que el hermano Moneta le encontró recostado en un banco de la capilla con la cara desfigurada de dolor y cubierto de sudor no supimos que era ahí donde solía pasar sus noches. Nunca pedía habitación allí donde llegaba, a veces extendía una colchoneta en un lugar libre del dormitorio común y allí dejaba su equipaje que no era más que un taleguillo en el que sólo se encontraban tres libros desgastados. Fue el hermano Moneta el que le prestó su habitación. Y su ropa.
Este convento de Bolonia nunca ha sido un buen edificio.
Había sido hospicio y ya inutilizado nos
lo habían cedido. Hacía dos años que se comenzaron obras de remodelación pero fue él mismo el que se opuso a que continuaran. El lo sabía y los hermanos lo comprendieron. Un edificio tiene que tener el sabor a las personas que lo habitan, no a escayola. Pero el sabor a las personas que
lo habitan no lo hacen lo suficientemente confortable para que un enfermo grave se recupere. Fue el hermano Moneta, y no por deseo de recuperar su habitación, quien insinuó acudir a la generosidad de los hermanos benedictinos de la colina de Santa María del Monte. Ellos le permitirían reposar con sus enfermos en una de las habitaciones del solarium en el piso superior y gozar de una dieta apropiada que nuestra despensa no podría proporcionar.
No vivíamos peor que la mayoría de la gente.
Con nuestro trabajo y lo poco que nos daban y encontrábamos podíamos obtener más que suficiente para cubrir nuestras contadas necesidades sabiendo que incluso ésas no tienen porqué ser completamente satisfechas, pero ante un enfermo grave con continuos dolores intestinales, nuestro anhelo de
pobreza no era mayor que nuestra humildad. La pobreza es también aceptar hospitalidad de hermano y el traslado se realizó.
Estando allí su hora llegó y él lo supo.
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En la mañana del 6 de agosto hizo ser devuelto a nuestro convento para morir y descansar eternamente bajo una losa anónima del claustro y en compañía de las personas que él nunca olvidaría. En vida no lo aceptó y muerto no permitiría que la dignidad de un sepulcro ensombreciera su persona ni que homenajes ante una lápida con su nombre disturbaran su paz y su silencio. Esa tarde del año 1221 se fue con el sol de la tarde. |
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Fue en esta habitación en la que pasó sus últimas horas orando y cantando con los hermanos. Es en esta habitación donde aun resuenan sus últimas palabras que fueron una promesa. No se debía llorar por la muerte de una persona que sería de más provecho después de muerto.
Así ha sido.
Su figura, su palabra y su nombre ya no limita la presencia de este hombre que te hace
descubrir
que existe un camino
que no es imitando como se crece
que cada uno tiene que estrenar su vida
que se ha de despertar a recorrer el propio camino
que se han de abrir nuevos caminos, no seguir rastros.
que la fe del otro es sagrada
que la religión y las ideologías se corrompen
que siempre se posible encontrar un nuevo sentido
que a veces se nos dan oportunidades para nacer de nuevo
que la fe, se crea lo que se crea, ha de ser purificada en el diálogo.
que la mejor ayuda es permitir crecer
que la caridad está en la honestidad y fraternidad
que la sinceridad hace libres a los que están cerca y a sí mismo
que se crece en dignidad cuando se respeta, no cuando se minusvalora
que se es uno mismo cuando se dice la propia verdad y se escucha la del otro.
que se halla riqueza donde uno se descubre pobre
que hay libertad cuando nuestra mano no apropia
que es posible cantar aun cuando no quedan motivos
que cada persona es sagrada, como sagrada es su vida
que la palabra es lo que se nos ha concedido para recrear el mundo.
El siempre será como una presencia que descubre lo que es uno mismo. El no es pertenencia de una Orden, es compañero del que camina. El no enseña, hace descubrir la propia sabiduría. El no señala la dirección, te pregunta por la tuya.
El nunca aparece, te refleja.
El es él. ¿Para qué minimizarle con un nombre? El es el que se encarna en el que cree que puede comenzar un caminar y se esfuerza en continuarlo.
Es verdad que un edificio sabe a los que lo habitan y esa habitación permanecería ocupada por el sabor de su presencia por muchos años. El hermano Moneta no volvió a ocupar su habitación y permaneció ese otoño en nuestro dormitorio común. Durante esos días nos habló continuamente de él. El silencio impuesto tradicionalmente sobre los novicios en los monasterios había sido roto hacía algo más de un año en la primera asamblea de hermanos. No se ansiaba entre nosotros una vida religiosa girando interminablemente en torno al cumplimientos de horarios y permisos, y se insistió en la formación y en los educadores. Las narraciones de Moneta fueron aceptadas como tal.
Y de ellas nace esta narración.
Durante ese otoño, varias veces le preguntamos por lo que había ocurrido en la habitación del monasterio benedictino antes de traerlo a nuestro convento. Sabíamos que él, con su humor e inocencia, había dicho algo que distrajo de su tristeza y pesadumbre a los hermanos presentes aquella mañana. Moneta siempre evadió la respuesta diciendo que eran confesiones que se hacen entre hombres maduros cuando hay confianza. Ahora que ya soy maduro y lo sé, no quedará rota tampoco por mi parte la discreción. No porque fueran confesiones impropias de ser escuchadas sino por respetar las circunstancias de una confesión confiada ante hombres maduros.
Lo dicho entre hombres, quede entre hombres.
Mucho oímos ese otoño. Algo de su vida y mucho de lo que personificó y representó. De lo que personificó acerca de hombres de su época y anteriores. De lo que representó para los hombres de su época y venideros. Moneta lo llamaba el Itinerante. No peregrino ni vagabundo, itinerante. No lo llamaba peregrino porque el peregrino sigue un camino ya trazado, busca reliquias, no echa raíces en ningún lugar, tiene sus ojos puestos en la meta. No lo llamaba vagabundo porque el vagabundo no tiene camino, busca la aventura, no pisan sus pies la tierra por la que camina, tiene sus ojos puestos en el punto de partida, del que huye. Lo llamaba itinerante porque el itinerante es el que descubre y marca su propio camino, busca a los hombres, construye un hogar donde pisa, tiene sus ojos puestos en el camino.
Su vida fue la historia de cualquier itinerante