4. Juventud


        Y así llegó el hermano Moneta a contar que llegó a sus 14 años para incorporarse al mundo de los adultos. 
        Moneta nos contaba más del joven Domingo que del niño, pero lo que comprendí de Domingo fue más por lo que trató de evitar que por lo que se pudiera contar de él.

        Esto también lo aprendí contemplando estas ventanas de mi habitación. Estas ventanas me muestran que existe una frontera entre lo íntimo y lo compartido y si bien la claridad entra desde fuera, la vida sale desde dentro. Que hay tiempos en que el exterior no goza de claridad y se depende únicamente de la luz interior y es entonces cuando la ventana se convierte en signo para el exterior. No porque lo pueda iluminar, sino porque sirve para orientar al que se ha perdido en su penumbra exterior y sirve para acompañar al que desde el interior de su habitación observa que en la penumbra existen otras ventanas que guardan intimidad. Es una frontera que nadie, sino ha sido invitado, puede cometer la osadía de traspasar porque sólo el traspasarla es devastación. Es la frontera entre dos mundos autónomos que hay que cultivar y respetar. Es en esta frontera donde todos nos construimos y donde algunos después de vaciarse a sí mismos se obstinan en destruir a los demás.

         Tenía pues el joven Domingo, una gran tarea ante sí. Construirse en esa frontera para no convertirse en un adulto vacío, lleno de muchas cosas. 

     Difícil labor es entender cómo un joven va cumpliendo con la tarea de irse construyendo, pues la agitación de la juventud es como el alabastro, que con su suave opacidad y sus estrías vela el perfil de lo que se pretende mirar. Agitación cruel para el mismo joven que no le permite esbozar los trazos su propio perfil. Nada más difícil que intentar ver el perfil de un joven. Pero nada más fácil de atisbar que los movimientos de su alma, que en la agitación choca contra su propia ventana dejando huellas de tentativas a veces fallidas pero siempre fructuosas. Nosotros desde el lado opuesto del alabastro habremos de leer esas huellas.

              El primer movimiento que atisbamos en su alma adulta es el de entrar en contacto con la Comuna de Maestros de Palencia. 

        Pero este movimiento nos anuncia otros que evitó. 
        Evitó la intelectualidad de Silos, su gran biblioteca, sus investigadores y bien formados especialistas. Evitó el convertirse en monje, y monje de coro, como se decía, pues el hijo de un señor de la zona que además tiene letras no iba a entrar en la mayoría lega. Y ser monje de coro en un gran monasterio es tener acceso a mucho poder. 
        Evitó el clericalato en una de las diócesis más pujantes de Castilla teniendo el camino allanado por su tío arcipreste, por los títulos familiares y por su devoción religiosa. 
        Evitó el ansiar títulos nobiliarios y tierras donde ejercerlos. Porque no eran éstos aun los tiempos en los que el hijo segundón no pudiera conseguir un puesto en la nobleza. Para estas usanzas habría que esperar a la época de un rey flamenco, que con enfermedad imperialista, traía flamencos para robar, instigar y sofocar a los  castellanos y  ponía arcabuces en las manos de los castellanos para sofocar flamencos y alemanes. Así mantienen el poder todos los imperios, creando enemigos para que sus gentes culpen a alguien de su insatisfación. La palabra reconquista había sido olvidada sabiamente al no haber nada que reconquistar en unas tierras en las que sólo había habitantes hermanados sin distinción de invasores e invadidos. Eran éstos los tiempos en que un señor de la frontera del Duero si cabalgaba acompañado de sus jinetes hacia el sur, llegaría a tierra de nadie, tierra de todos y tierra de cada uno, donde sería bien recibido y respetado si se mantenían sus fueros, se guardaban sus caminos de maleantes, se escuchaban sus querellas con imparcialidad y se protegían sus cosechas y mercados. Por otra parte, los impuestos bien usados, con generosidad se pagan y lejos queda el reino de Toledo y más aún el de Granada. ¿Títulos? Los que se quieran, que no son tiempos estos en que los títulos vayan por delante de las personas para abrirles el paso.Tres hijos varones tenía Don Félix de Guzmán para cabalgar gallardamente pero ni Don Félix ni sus hijos quisieron derrochar su gallardía de esta forma pues en esta familia la gallardía se mostraba no en poseer o medrar, sino en ser.
        Su gallardía se derrocho en evitar lo que se evitó.

        Se evitó porque no era el momento ni existían las motivaciones justas. Llegará el momento en el que gradualmente Domingo se habrá convertido en sacerdote y solicitará su Ordenación. Llegará el momento que gradualmente Domingo se habrá convertido en predicador y solicitará su confirmación. Llegará el momento en que gradualmente Domingo se habrá convertido en religioso y conseguirá su legalización. Así era Domingo El Itienerante, primero llegaba a ser lo que después debería ser nombrado.
        Bonita forma de entender el camino de vocación.

        Para llegar a descubrir lo que se es, buena compañía es la Comuna de Maestros de Palencia que quizá no tuviera la tradición, ni la biblioteca, ni los especialistas, ni la tranquilidad de cualquier escuela monacal, pero daba a sus miembros libertad para pensar la realidad y exigía responsabilidad para que lo expresado fuese real. Una audacia insólita en estos días y en los venideros. Pero corren tiempos insólitos que exigen audacia para saber sacrificar intelectualidades y especializaciones en aras de un esfuerzo por universalizar la nueva sociedad que los confusos villanos se obstinan en crear.

     Despreciables villanos para el que está seguro de que las utopías han muerto, que todo está creado, que la vida ha sido siempre así y así seguirá y por tanto solo resta sacar provecho de lo que se nos ha dado, pero con resignación. Respetados villanos para los que se resisten a creer que el sacar provecho y la resignación sean virtud. Mas bien es virtud el repensar todo con universalidad y ser sencillamente universidad. 

        Es así como una mañana de septiembre, cuando el grano ya ha sido guardado en los sótanos y la paja en los pajares, Don Félix con su hijo Domingo salen de Caleruega camino de Palencia. Entrañable cuadro en el que se contempla a un padre orgulloso de cabalgar al lado de un hijo por el que ya no solo se siente cariño sino también respeto. Entrañable cuadro en el que se contempla a un joven ufano de cabalgar al lado de un padre hacia el que se ha venido afianzado la admiración y la confianza. Entrañable cuadro de dos jinetes que ningún pintor ha podido plasmar en un lienzo.
        Según iban bajando hacia el Duero cambiaba el paisaje y con él se fue trasformando la silueta de los dos jinetes. El primero en percibirlo fue el potro de Domingo que notó con alivio, y cierta humillación, que ya no soportaba el peso de su joven amo sino solo el de sus botas. Pero su humillación se vio confortada al ver que su compañero tampoco era ya montado por su amo.
        Extraños estos humanos que, uno por la alegría de gustar la sensación de la tierra en la planta de sus pies y el otro por mostrarse no menos hombre en el esfuerzo y no perder la admiración de los más jóvenes, son capaces de trastornar el orden natural que manda aguantar la dureza del camino al que tiene cascos y cuatro patas para galopar. 
        No oyó el joven potro las confidencias que oía su más experimentado compañero de labios del padre. Extravagancias de jóvenes, todos hemos pasado por ellas, algún día se lo contará a sus propios hijos con nostalgia de días pasados... Tampoco sabía el padre que su hijo no tendría hijos a quien contarles nostalgias y que estas extravagancias se convertirían en sencillas costumbres.

        A medida que avanzaban, el camino se hacía más concurrido por otras gentes con las que el joven Domingo conversaba confiadamente. 

        Extraños estos humanos, pensaba el potro, que no son capaces de conocer por el olfato y tienen que recurrir a sonidos articulados. Pero se ve que su joven amo escucha más la voz del otro que sus articulaciones fonéticas. 

        Extraña era también la sensación del padre que veía roto el orden de la ley natural que manda que los caballeros vayan a caballo y los plebeyos a pie. No había porqué montar sobre monturas nobles a plebeyos por la simple razón de que fueran ancianos y se les hiciese penoso el camino. No había razón para pasar la noche al rededor de un fuego con plebeyos con los que había intimado su hijo durante el día por el camino, escuchando baladas que cantan la vida de los segadores o historias tristes de familias labriegas, ni presenciar esas músicas, bailes y algarabías  de los grupos moros. Que el orden querido por Dios es que los caballeros pernocten en posadas dignas de su posición social y en compañía de sus iguales.
        Dios sabrá perdonar estos atentados contra su orden sabiendo que son extravagancias de la juventud. Había que admitir por otro lado, que las músicas y bailes de los moros eran una novedad para Don Félix cuya cultura musical no había sobrepasado la jota castellana. Y dejémoslo disfrutar de esos bailes sin decirle que su hijo ya nunca aprenderá a hacer distinción entre nobles y plebeyos. Para él tanto unos como otros sólo serán hermanos. 
        Bonita y atractiva la palabra latina, fray.

        El joven Domingo era bastante espontáneo y un poco extravagante para los gustos de una persona seria y respetable pero no los llevaba hasta el límite de la obsesión. Su sensibilidad le permitió conocer los sentimientos tanto de su padre como de sus caballos. Por él hubieran sacrificado los tres, padre y caballos, el modo elegante que corresponde a miembros de alcurnia al presentarse ante las puertas de una ciudad, pero no fue necesario. La entrada a Palencia se hizo con elegante cortesía. Dos apuestos caballeros montando dos bonitos y frescos corceles que marchan con aire marcial. Los sentimientos de humillación, si hubiere, quedaron ocultados en el olvido.
        Se hicieron las presentaciones y los debidos pagos en la Comuna de Maestros y se dejó para el día siguiente la búsqueda del alojamiento para el nuevo estudiante. Esa noche se pasaría en una venta digna. La habitación era confortable y la comida sabrosa pero el vino demasiado claro e inconsistente para dos paladares acostumbrado al tinto de la ribera del Duero. Su padre tendría que esperar a volver a su tierra y el hijo, alejado de su tierra, fue perdiendo interés por el vino hasta que muchos años después un consejo médico le hizo volver a tomar un poco como medicina para la digestión.
        Al día siguiente se comenzó la búsqueda y preparación del que sería su alojamiento por varios años. Y antes de la hora del almuerzo se encontró lo que Domingo deseaba. Una simple habitación, que no fue necesario amueblar porque en la habitación ya había una mesa para poder estudiar, la ropa que había traído era poca y no quería comprar más y las estrellas se ven mejor durmiendo en el suelo que hundido en blandos colchones de lana.
        Su padre mientras murmuraba “extravagancias de juventud....” puso su brazo sobre los hombros de su hijo y riendo como dos amigos salieron para hacer su última comida juntos. Después acompañó Domingo a su padre hasta las puertas de la ciudad desde donde lo vio perderse detrás de la primera loma con los dos caballos. Sólo nosotros sabemos el pesar albergado en le pecho del potro, pues hubiera preferido quedarse con su joven amo que prometía inesperadas aventuras, a volver a la seguridad de las cuadras de Caleruega.
       En esta ciudad gastará Domingo diez preciosos años de su vida en los que como itinerante que es, descubre y marca su propio camino. Estudia con gusto y hace del estudio su hogar pero no es el mundo académico y la investigación su camino al considerar que en ellos "se malgasta con demasiado poco provecho, el tiempo que la vida nos concede". Esto no nos lo contaba Moneta sino un joven hermano sajón que vino de la Sorbona, Jordán. Domingo por esta razón no llegó a cumplimentar el curriculum  exigido por la universidad. Lo abandonó al descubrir la Biblia la cual leía sin descanso, de la cual escuchaba los comentarios de los maestros, de la cual anotaba en sus pellejos curtidos para ser utilizados como pergaminos, de la cual aprendía de memoria muchos textos. Bien podía haber recibido por estos esfuerzos el reconocimiento académico de la universidad pero lo declinó, según dice el hermano Jordán, porque no estaba su interés en los reconocimientos sino en "trasformar en acción lo que había oído".
        Inaudita originalidad en un estudiante.
        Como itinerante que es, no retiene reliquias sino que busca con compasión a los hombres. En la Comuna de Maestros, a la que pertenecían también los alumnos de Palencia se miraba la realidad y ahora la realidad era que había acontecido otra ola de hambre. Y digo otra porque entre guerras, sequías, tormentas y pestes, una ola de hambre no es un acontecimiento extraordinario en nuestros días y por lo tanto se mira, se lamenta y se espera resignadamente a que termine. En estos días Domingo recuerda con sus compañeros y maestros que no es el lamento y la resignación el espíritu que allí se predica, que no es “el amor a los libros lo que nos une” en estas nuevas comunas de maestros, sino el amor a las personas. Y es Domingo el primero, aunque no el único, el que comienza vendiendo sus libros y pertenencias para salir a alimentar a los que pudiese. Fueron sus libros lo que él más sintió, pero más pasión sentía él por un hombre en necesidad que por las posesiones amadas y necesarias para sí mismo.
        Generosidad normal en un joven que no disminuirá en su madurez.

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  3. Nacimiento y niñez

  4. Juventud

  5. Clérigo Regular en Osma

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  7. Abandonado

  8. Una familia