Una  historia inenarrable 


Vida de Santo Domingo de Guzmán

  1. Sus úlimos días

  2. Muerte

  3. Nacimiento y niñez

  4. Juventud

  5. Clérigo Regular en Osma

  6. Predicador

  7. Abandonado

  8. Una familia



1. Sus últimos días

        En esta pequeña y sencilla habitación de techo bajo con ventanas enmarcadas en piedra y dintel triangular paso mis días. Esos días de la vida de un hombre que ha comprendido que no se puede pedir a Dios que ilumine el sentido de lo que se ha vivido porque se nos está permitido vivir pero no comprender su sentido. Son esos días en los que ya sólo se contempla con inapreciable sonrisa lo que se ha vivido, porque solo queda el contemplar.
       Me gusta contemplar estas ventanas.
       Ellas me enseñan a comprender a las personas y el mundo de los hombres y por ellas veo esas calles de Bolonia tantas veces recorridas creyendo que sabía a dónde iba. En mi memoria ya resuenan las ciudades de los hombres como calles afanosas pero vacías. 
        Sólo quedan vivas en la memoria las personas. 
        Algunas, por su arrogancia de creerse con derecho a herir; pero a éstas se las olvida y solo permanecen las heridas. Otras, por su generosidad y fortaleza al extenderte su mano. Muy pocas, por que con su presencia te permiten existir, te reflejan tus propios sueños, ilusiones, esfuerzos y también tus fracasos ya asumidos. De una de éstas quiero escribir. No para ser leído, sino para recordar. Quizá para recordarme a mi mismo. 
        Recordar no lo que hice, lo que soy.

 

        Yo me acerque a él por primera vez en el jardín del claustro de este convento antes de la oración de la tarde. Le había visto con anterioridad por las calles de Bolonia con su peculiar compostura, apacible y ágil, rodeado de jóvenes, pero ahora era un hombre que venía exhausto de Lombardía, con la expresión serena del que sabe que su hora se acerca. Su figura era la de un hombre que ha vivido demasiado pero sus ojos eran los de un hombre que siempre busca nuevos motivos para vivir. 

         Sabíamos que disfrutaba con la compañía de los demás y nosotros, jóvenes novicios deseosos de lo inesperado, nos fuimos acercando al supuesto desconocido sentado a la sombra protectora del sol de julio. Fue él el que rompió el silencio del claustro apoyado en la taimada irresponsabilidad de unos jóvenes que no quieren cometer tal infracción. No le gustaban las reglas cuando solo eran reglas y aun resonaban en la sala capitular, ante la que él ahora estaba sentado, sus palabras pronunciadas ante la asamblea de hermanos hacía no más de tres meses. Sacando su cuchillo de bolsillo ante todos, aseguró que con ese cuchillo rasparía hasta hacer desaparecer la regla que uno utiliza para culpabilizar a otra persona. 
          

 Por esto conservamos  como reliquia ese cuchillo.   

Cuchillo de Sto. Domingo conservado en el convento de Bolonia

        No tardó en comenzar a bromear con cada uno de nosotros con esas frases cortas y agudas que denotaban su capacidad para mirar al otro y comprenderlo. Sabía escuchar lo que oía. Nos hablaba de la gente con las que se encontraba en esos ya dos años suyos por Lombardía, sus conversaciones, sus discusiones, sus sufrimientos y sus consuelos. Con ese lenguaje bolognés aprendido entre nosotros pero con un acento mezcla de lombardo, tolosano y castellano vibraba con esperanza hablando, como si fueran propios, de los esfuerzos de los que acudían a las nuevas villas con el sueño de vivir como personas con dignidad y con sentido. Nos hablaba también de palabras que él encontraba. Palabras de hombres y mujeres, palabras suyas propias, palabras del Evangelio. Palabras que para él eran reales. 
        Palabras que estaban vivas.

        Muchas veces después he tratado de recordar su físico y su carácter. Solo le recuerdo como una presencia de ojos vivos que solo saben fijarse en las personas y en las palabras que tuvieran sentido para alguien. Quizá lo recuerdo porque así éramos todos los que nos íbamos acercando a ese mundo que él había comenzado. 
        O al menos eso era lo que nos seducía.
        Esa noche antes de cenar tuvimos que hacer la venia ante la comunidad pues en estos nuevos conventos el juego verbal de menudencias jurídicas no destronaba el realismo ni el sentido común. Los jóvenes han de aprender el valor del silencio. El escondió una sonrisa en la penumbra de su capucha y supo que se la devolvíamos desde la nuestra pegada ahora al suelo.
        No volvió a entablar conversación con nosotros en el claustro. 

        Su silueta silenciosa en las cercanías de la sala capitular fue rutina en los días que continuaron. Aunque no el contenido, si podía escuchar el eco de las palabras de personas que se reúnen para dialogar con respeto, honestidad y trasparencia. Este lugar en un convento de los que con él nacía, era símbolo de veneración de esa palabra y también símbolo de maldición de la palabra escondida, manipuladora, despectiva e infecta. No es extraño que una persona como él se sintiese irremediablemente atraído por ese lugar. 

        La puerta vecina a la sala capitular es la entrada a la capilla. 
        Esa silueta silenciosa se convertía en una sonrisa jovial acercándose distraída y tímidamente a nosotros, ahora ya, en el patio exterior y en nuestras horas de descanso.

        Recuerdo ahora con nostalgia esas semanas. 
        Recuerdo su terquedad en hablar en nuestra lengua romance y no utilizar el latín, más fácil para él y más llevadero para nosotros que veíamos nuestra joven lengua hecha jirones. Pero como él decía, la palabra es la que se aprende con las caricias de la madre, en las peleas con los compañeros, en las discusiones con el amigo y en la intimidad con la persona amada; lo demás es tinta seca en pellejos muertos. Recuerdo sus ojos. Ojos que inspiraban confianza haciendo que fluyeran a borbotones las inquietudes, dudas y temores de un joven que comienza una vida que sus familiares y amigos han desestimado. Recuerdo esas manos. Manos acostumbradas a acariciar, a sostener, a animar. Nunca a arrastrar. Recuerdo sus pies. Pies con cicatrices en recuerdo de tantos y tantos caminos. Le gustaba pasear descalzo por el patio exterior sintiendo la hierba, la tierra y el barro cuando nadie le veía, por ser falta de dignidad en un clérigo. Pero no parecían ser esas dignidades las que él valoraba. Recuerdo que le gustaba hablarnos de Jesús hasta el punto que después en clase, el profesor se incomodaba por nuestras frecuentes e indiscretas preguntas y comentarios. Recuerdo que le gustaba bromear sin utilizar a nadie para ello. Recuerdo también que nunca hablaba con vanidad de sí mismo. 
        Nunca nos habló de sus dolores.


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