7. Abandonado
Solo los importantes tienen la solvencia de posar en la foto con el Papa, a los demás se nos concede la gracia de volvernos a casa con una bendición divina. Y así Domingo y Diego salieron de Roma con su sueño roto y una bendición para consolarse. Pero una bendición bien tratada puede dar frutos similares a un permiso. Que Dios no es más débil que su representante humano.
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Y esa bendición comenzó a cobrar vida al atravesar las puertas de la muralla de Montpellier y saber que allí se está celebrando una reunión de legados papales. Estos legados papales eran la respuesta que se venía dando para solucionar el estado de desorden provocado por los llamados alvigenses y valdenses por el sur de Francia y zonas norteñas de Italia y España. |
Desorden religioso, político y social. Desorden maligno, pues cuando los hombres comenzamos a evitar la responsabilidad sobre nuestros propios actos y palabras y, comenzamos a hacer campañas en nombre de Dios es cuando cobra realidad el maligno. Unos porque en nombre de Dios luchaban por una nueva religiosidad más pura, por un nuevo orden social más equitativo y por un sistema político más democrático. Los otros porque en el nombre de un Dios más verdadero que el de sus contrarios intentaban imponer la recta doctrina y el justo orden. Desorden en el que nadie gana, excepto el maligno. Qué pronto olvidamos los humanos lo que nuestros antepasados ya comprendieron en el desierto...; que no se nos está permitido utilizar el nombre de Dios... ”En el nombre de Dios” es el estandarte que el maligno intenta sea empuñado por todos aquellos cargados de santas intenciones.
Domingo y Diego, avalados por sus títulos y séquito, por su experiencia en el norte de Europa y sobre todo por su interés en los hombres que se esfuerzan por un ideal, se hicieron presentes en esa reunión. Como genuinos castellanos escucharon resignada y atentamente los interminables y pesimistas informes que los legados papales y asociados estaban haciendo de su campaña y de sus escasos frutos, pero como auténticos castellanos no se resistieron a exponer parcamente su intuición: “Un clavo se saca con otro clavo” Pero como estos ínclitos franceses no eran propensos a tanta parquedad ni a tan ruda imagen, los castellanos fueron invitados a exponer su intuición con más detalle y de una forma acomodada a mentes intelectuales.
El hecho era que en miles de corazones se había incrustado una cuestionable religiosidad, herejía lo llamamos en nuestro tiempo, a causa de que esos miles de corazones estaban sedientos de una fe con sentido y real. Sed de escuchar las palabras de Jesús, de oir de labios de los que le conocieron cómo había vivido, cómo había convivido con gente para la cual la lucha por una vida digna es cruel ya desde el amanecer, cómo se había posicionado ante los que buscan un pedazo de sentido para sus vidas y ante los que viven de despedazar a otros por el simple motivo de conservar su posición. Sed de ver cómo Dios toma su cruz con sencillez y sobriedad cada día como la mayoría de persona hemos de hacer. Si se desea incrustar en esos corazones una verdadera religiosidad en vez de la cuestionable, habrá de ser respondiendo a su sed. En vez de imponer doctrinas hablemos del Evangelio, en vez de leyes presentemos la forma de vivir de Jesús, en vez de imposiciones demos un pedazo de sentido y de luz, en vez de presentarnos poderosos y pomposos como corresponde a nuestra dignidad clerical presentémonos sencillos y sobrios como corresponde a nuestra dignidad cristiana y, en vez de presentarnos como dirigentes seamos compañeros en la búsqueda.
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La evidencia del símbolo
del clavo se impuso en dicha asamblea y se decidió obrar en
consecuencia a condición que los castellanos fueran los primeros en
poner en práctica tan novedosa actividad. Y así fue como
estos se encaminaron hacia la zona más occidental. Quizá por
estar más cerca de su tierra, quizá por ser la zona más
conflictiva.
La bendición divina que traían de Roma comenzó como todas las bendiciones, con un triunfo. |
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Los que están interesados en los triunfos saben que la mejor táctica es retirarse en estos momentos de la bendición divina para dedicarse a conquistar más triunfos y volver a por otra nueva bendición cuando las propias fuerzas no son suficientes para lograr otro. Pero Domingo, más que en los triunfos que proveen las bendiciones divinas, estaba interesado en aferrarse a la mano de la fluyen esas bendiciones. Domingo quería aprender el significado de lo que vivió Jacob cuando por aferrarse a esa mano sufrió en la oscuridad una lucha cuerpo a cuerpo con alguien que no lograba ver. Una lucha que se le hizo interminable y dolorosa.
A ocho años de oscuridad y soledad, de forcejeo interminable y doloroso con un Dios que no se deja ver ni oir, le condujo a Domingo esta bendición. Un tiempo interminable en el que el hombre se siente solitario, en el que ve que su humanidad va siendo desnudada. Al principio porque no se nos da respuesta a nuestras preguntas y dudas siendo tan normal que encontrasen respuesta. Y según pasa el tiempo porque se nos desnuda hasta del derecho de hacer preguntas o tener dudas.
Ocho años que comenzaron al poco tiempo de llegar a la zona encomendada porque el obispo Diego no lograba convencer a clérigos de su diócesis que se sintiesen animados a tan novedoso intento, porque a Diego le llego la hora de continuar su itinerancia junto al Padre, porque los compañeros franceses abandonaron esta forma de vida creyendo que era solo una actividad. porque se acabó provocando una larga guerra que convirtió la zona en un campo de batalla, porque para Domingo ya no era una actividad sino una forma de vida el andar sin nada por los caminos, intentando encontrarse con personas en los cruces de caminos, en las puertas de las iglesias, y en debates públicos por las plazas, conviviendo con ellos en sus aldeas, sufriendo con ellos en sus hogares, compartiendo la soledad con algún solitario y la alegría con alguien que tuviera motivos para celebrar.
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Soledad y desnudez que se veía agravada al ser elegido como enemigo por ciertos grupos. Grupos que sabían que si se quiere convertir en culpable a una persona nunca hay que decir su culpa sino señalarle con dedo insinuador para que los demás se imaginen esa supuesta gran culpa. |
Recuerdo que a Domingo le gustaba contar un episodio de esta época. Hubo dos hombres tan influenciados por esos dedos que señalan insinuadores que creían con certeza que Domingo era portador de una gran culpa y así decidieron esconderse en el bosque por donde sabían que pasaría para darle muerte ciertos de que así hacían un bien. Pero al ver a Domingo que se acercaba cantando tan felizmente quedaron desarmados y se acercaron a él buscando su amistad. Y es que algunos herejes por muy herejes que sean tienen la suficiente bondad como para conmoverse ante una persona feliz, ante una persona que canta alegre. Hay ortodoxos que les molesta la alegría y la felicidad. A veces pienso que los ortodoxos que asesinaron a Jesús no soportaban que alguien fuera tan feliz y amase la alegría y la vida como aquel joven galileo.
La amargura abrazada ante la alegría de otros puede llevar al asesinato.
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Recuerdo que a Moneta le gustaba contar otro episodio de esta época que Domingo nunca contaría porque hay recuerdos que aun hieren al querer expresarlos y muy pocos lo comprenderían. Son recuerdos para ser guardados sin verbalizar en el silencio del corazón y así se convierten en eco de una intimidad pues sólo los muy íntimos de Dios han llegado a sentirse maldecidos por Dios. Uno de ellos, su Hijo en la cruz. |
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Un día Domingo equivocó el camino cuando se dirigía a un debate público al que sus oponentes no querían que asistiese. Creyó que Dios venía en su auxilio cuando apareció un hombre que se confesó partidario suyo y se ofrecía a guiarlos. Maliciosamente les desvió más y viendo que caminaban descalzos los hizo internarse por una vereda poblada de zarzas y ortigas hasta que sus pies quedaron destrozados. Más le dolía a Domingo el silencio de Dios que sus heridas y frustración. Oraba como David cuando su propio hijo venía contra él y un oponente le maldecía. Si Dios le ha ordenado maldecirme quienes somos nosotros para impedírselo.
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